Quién cocina
y quién te cuida

Carlos Giménez

Chef Ejecutivo

Hay cocineros que descubren la cocina en una escuela. Otros la encuentran viajando por el mundo. La mía comenzó mucho antes, entre la barra de un pequeño bar familiar en Barcelona, observando cómo mis padres hacían de la hospitalidad una forma de vida.

Nací en Barcelona, pero mis raíces siempre han pertenecido al sur. Soy hijo de una familia emigrante de Coripe (Sevilla) y Agudo (Ciudad Real), una herencia que me enseñó el valor del esfuerzo, la tradición y el respeto por el producto. Con el tiempo decidí volver a Andalucía para construir aquí mi proyecto de vida junto a mi familia y dar forma al sueño que me ha acompañado desde niño.

Nunca estudié cocina en una escuela. Mi formación ha sido otra: la curiosidad, la observación, el trabajo y miles de horas cocinando. Soy un cocinero autodidacta. De los que creen que el error también forma parte del aprendizaje y que un plato nunca está terminado hasta que consigue emocionar.

Mi cocina nace del recuerdo. Del tiempo que necesita un buen sofrito. De los fondos elaborados sin prisas. Del respeto absoluto por el producto. Pero también de la inquietud constante por evolucionar, investigar y encontrar un lenguaje propio. Me interesa la tradición, no para repetirla, sino para interpretarla desde una mirada contemporánea.

Esa filosofía da nombre a TARANNÀ. En catalán significa “manera de hacer”, “manera de ser”, “esencia”. Y no encontré una palabra mejor para definir lo que quiero transmitir. Cada plato habla de mis raíces catalanas y andaluzas, de mi historia y de mi forma de entender la gastronomía.

Trabajo con producto de temporada y de proximidad siempre que es posible, buscando el equilibrio entre técnica, sensibilidad y sabor. Aspiro a que cada elaboración conserve la honestidad de la cocina tradicional, pero con una identidad propia capaz de sorprender sin perder su origen.

TARANNÀ nace con la vocación de convertirse en un restaurante gastronómico de autor. Un lugar donde la experiencia vaya mucho más allá de comer. Donde un menú degustación cuente una historia, donde el servicio acompañe con naturalidad y precisión, donde la bodega dialogue con cada plato y donde cada detalle tenga un propósito.

No persigo cocinar para impresionar.

Aspiro a cocinar para permanecer en la memoria.

Porque TARANNÀ no representa un destino alcanzado. Es el inicio de un camino. Un proyecto construido desde la pasión, la exigencia y el convencimiento de que la mejor cocina es aquella que refleja, con honestidad, la esencia de quien la crea.

Montse Vives

Jefa de Sala y Sumiller

Hay personas que encuentran su vocación con el paso de los años. Yo tuve la suerte de crecer con ella sin saber siquiera ponerle nombre.

Nací en Barcelona y pasé gran parte de mi infancia y adolescencia en una urbanización de Torrelles de Llobregat, junto a mis abuelos maternos. Ellos fueron las personas que más marcaron mi vida. Sin pretenderlo, me enseñaron el valor del esfuerzo, la humildad y el cariño por las cosas bien hechas. Si hoy soy quien soy, es, en gran parte, gracias a ellos.

Cuando llegó el momento de decidir qué quería estudiar, me trasladé a Sant Joan Despí para continuar mi formación. Como cualquier joven, escuchaba una y otra vez la misma pregunta: «¿A qué te vas a dedicar?». Y la respuesta siempre era la misma: «Busca algo que te guste, algo que haga que cada mañana quieras ir a trabajar».

Lo curioso es que mi respuesta llevaba muchos años viviendo dentro de mí.

Nunca tuve que buscar mi pasión. Ella me encontró mucho antes de que entendiera qué significaba la palabra vocación.

Mi historia con la hostelería no comenzó en un restaurante. De hecho, no entré en un bar hasta los doce años, cuando vi junto a mi familia la final del Mundial de 2010. Mi vocación nació mucho antes.

Aún puedo verme con apenas nueve años, en las comidas familiares, deseando que todos terminaran de comer para sacar un papel y un bolígrafo y preguntar quién quería café. Mi abuela nunca tomaba café después de comer y, sin embargo, siempre me pedía uno. Con los años comprendí que no era por el café, sino porque veía la ilusión que había en mis ojos mientras atendía a toda la familia. Entonces yo pensaba que estaba jugando. Hoy sé que ya estaba haciendo aquello que más feliz me hacía.

Todavía guardo un recuerdo aún más antiguo.

Con apenas cuatro años, mi padre, hijo de una familia de payeses del Penedès y apasionado de la enología, me remangaba los pantalones para subirme a un barreño lleno de uvas. Pisarlas, prensarlas, embotellar el vino o asomarme junto a él al interior de una barrica forman parte de algunos de los recuerdos más bonitos de mi infancia.